1/2 día del sábado en la Roosevelt

El sol quema, el vidrio del carro y mi piel son como el juego tonto de la lupa y la hormiga bajo los rayos ardientes, la aguja del medidor de temperatura sube, se eleva a medida que el motor del carro hierve, avanzo unos centímetros que bien podría medirlos con una regla escolar, el ruido de los motores, las bocinas y las voces de los vendedores se mezclan y casi se pierden con el bom bom de las bocinas gigantes de La Curacao que son su música estridente, de “moda” hacen que mi cabeza lata mucho más fuerte que lo que ha podido hacerlo mi corazón.

Hoy hay doble saldo, y me da lo mismo, estoy encadenada a un contrato absorbente que hace que mi cuenta bancaria se minimice cada mes, siempre es más alta la cuota y peor el servicio.

Las flores que venden a Q10 la docena exudan el añil del tinte, los barquillos se ven crocantes vendrían bien con un poco de helado de limón, no, no es antojo, ni siquiera me gustan los helados, es sólo ansiedad, simple ansiedad, no más bien compleja, porque los carros no avanzan, porque los policías no hacen sonar el silbato, porque la gente se cruza de forma violenta las calles como si los carros pudieran envestirlos estando detenidos, porque no quiero volantes, tengo lleno mi carro de volantes, de anuncios de lotificaciones, condominios y cursos de inglés que no puedo pagar, que no me interesan.

Los minutos pasan, el calor aumenta, la sed, la desesperación. Ya nadie bocina, nadie reniega, miro a todos lados y el conformismo de sus rostros es el mismo que observo cuando en el noticiero de la noche hablan de la violencia o del costo de la vida ¡ni modo!, expresión chapina que nos hace seguir igual, mirar igual, pensar igual, acostarnos igual y despertarnos sin ilusión alguna.

Los niños disfrazados de payaso siguen haciendo piruetas y extendiendo las manos por los mismos carros que ya no los observan.

Miro el periódico que me acompaña en el asiento de al lado y es tan desconsolador leerlo como ver hacia al frente y contemplar esa larga cola de carros. Me siento como en la historia de Cortazar, La autopista del sur, atrapada, perdida, confusa, deprimida, todo puede pasar en el mundo en este instante, la guerra en el Libano se desencadena, en Sao Paulo de nuevo hay turbas en las calles, López Obrador quiere que se revisen los votos, la hija de Angelina Jolie y Brad Pitt ya tiene un diente y la cola permanece sin moverse, sin alterarse.

No aguanto más, tengo ganas de gritar, pero no puedo, el señor que conduce el carro de al lado se escarba la nariz, los albañiles que trabajan en el paso a desnivel salen caminando, ellos avanzan, yo no.

El ayudante del bus extraurbano que se dirige a La Mesilla no está tan mal, se nota que subir y bajar canastos del bus no ha sido en balde para los músculos de su cuerpo, y no se, quizá vestido de otra forma... pero, ¿qué me pasa?, la desesperación es enorme.

Bocino, odio hacerlo, pero necesito desahogarme, al fin, la mano del policía se mueve y avanzo, si avanzo otros centímetros que bien pudiera medir con una regla escolar....

La Hora, 19 de julio de 2006.

Comentarios

Ricardo Palacios dijo…
Me parece que narra de una forma muy buena, además es total mente apegada a la realidad, nada tam horrible como el tráfico y más un sábado en la Roosevelt.
Silvia Sanchez dijo…
Hola Clau
Me encanta tu forma de narrar.
Creo que a todos en algún momento nos ha pasado eso...
bueno lo de los ayudantes ya es puro desespere
¡francamente! ji, ji
Silvia
Quique dijo…
Jajajajajaja, verdad zorra que ya le había echado el ojo al ayudante? Y eso por qué sería signo de desesperación, quisiera saberlo? jajajajajajjajaja.
Muy bien escrito, me encanta cómo transmitió la ansiedad de la espera. Agradezco a la dirección por haber tomado en cuenta mi sugerencia de la semana pasada (de poner el texto en el cuerpo) sin malinterpretaciones;
Abrazos, Chofa
Silvia dijo…
Hola Claudita: me encantó. Está buenisima, es una crítica muy aguda de la barbarie del sistema. Has leído alguna vez a Alejandra PIzarnik. Ella dice "POdemos mirar la realidad a través del ojo de la cerradura, peor lo revolucionario es mirar una rosa hasta pulverizarse lo ojos"
MIrar la realidad como vos la pinta sno es verla a traves del ojo de una cerradura sino elgir una arista muy cruda para criticarla pero haciendo el intento de mirar la rosa.
Te quiero mucho.

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