27 de agosto en la mañana

Llueve, el cielo parece estar empático conmigo, nada me provoca aliento.
Me molesta la risa de las personas que están en la mesa de al lado. Me molesta ver a la gente caminar con prisa pegándose a las paredes con tal de no mojarse. Me jode la mano alzada del tipo en la esquina diciéndole a otro que no diviso hasta mañana.
¿Mañana que? Mañana, tengo miedo de mañana, debería de tener fe, de creer que mañana las pesadillas habrán desaparecido.
Debería creer, que todas esas voces unidas, que esa manifestación colectiva de suplicas tendrá efecto. Trato, lo intento, pero no puedo.
Mi pensamiento mágico es quizá el que me obliga de pronto a desvanecerme mentalmente para que luego todo resulte como yo quiero.
Camino rumbo al carro e intento no pisar las líneas de la banqueta, así no pasa nada. Busco número impares en las placas de los autos, si todas finalizan así, es una señal.
Busco propósitos que pueda cumplir a manera de canje por mi solicitud.
Me sumerjo en el crucigrama del periódico.
En el solitario de la computadora.
En las marquesinas de los buses.
En las gotas sobre el wind shield.
Intento distraer mi pesadumbre.
Abro mis ojos, ojos desvelados.
Comprimo los dientes manchados de café.
Me como las uñas y los pellejos de los dedos.
Y afuera llueve, el pavimento responde con vapor, que se eleva como mis pensamientos.
Adentro, dentro de mí el llanto presiona.
Mi cuerpo no responde, no reacciona.
Los minutos transcurren.
Y me revienta todo, la luz, la gente, las palabras, los sonidos, yo.

Comentarios

Leon dijo…
Lamentablemente ahora ya sabemos. Tu reclamo, de profundis clamavi, me impresiona, tanto por su forma de cadencia oscura, como por su urgencia por una pequeña esperanza.
Anónimo dijo…
que triste.

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