viernes, octubre 16, 2009
Terreno ajeno
Se vistió como creyó conveniente, no era un lugar habitual, el clima era algo indescifrable y el miedo no anda en burros, y es que las noticias asustan tanto, lo mejor, así lo pensó Matilde, era pasar inadvertida, estar sin que se note, deambular por el espacio con total tranquilidad, sin temor a manos que “acarician” sin permiso, dicen, ojos que desean lo ajeno y a ser objeto pues de piropos subidos de tono, que nunca agradan y que luego se quedan resonando en el subconsciente y no para animar el ego, como en la canción Cristina, de Sabina, sino más bien para perturbar la paz que la ignorancia de un vocabulario más allá de lo populoso propicia.
Así que, segura de sí misma, sin nada que perder, y con los ojos abiertos ante la variedad (y la nariz apretada ante el excesivo olor a orín), Matilde se desplazó por el Parque Central mientras a lo lejos la marimba sonaba y los globos de los vendedores se elevaban coloridos sobre las cabezas de niños y niñas.
¡Qué alegre! exclamó o quizá sólo lo pensó, en ese momento no tenía con quien hablar, y continuó su trayecto rumbo a la Concha Acústica , entre ventas de elotes locos con colores mexicanos, atol, tostadas y discos piratas a Q5.00.
Qué pensó en ese momento, no sé, tal vez se le antojó un algodón en palito o una doblada bañada en salsa roja y queso duro, el ambiente era festivo, gente iba, gente venía y Matilde empezaba a sentirse contenta por haber aceptado llegar y pasar el día en un espacio abierto en donde gracias al arte se olvidaban los dichos, los hechos y los maltrechos comentarios cargados de clasismo, racismo y otros ismos.
Ensimismada, atolondrada talvez por tanta bulla esquivó a un tipo, un hombre más bien bajito que extendía la mano con un volante. No gracias, dijo y miró al señor que dibujaba rostros a Q35.00, cuando sintió una mano en el hombro, de nuevo el volante aparecía frente a su nariz y tras de él, el mismo hombre, bajito musitaba tenga. Lo ignoró e intentó esquivarlo para continuar su camino, cuando escuchó: pécora, titubeó pensando el significado de esa palabra y al darse cuenta del mismo volteó de nuevo a ver al tipo bajito que, señalándola con el alta voz en la mano gritaba, pécora, pecadora, ella es una mala mujer…
No supo qué decir, decidió continuar hasta toparse con un niño pequeño lloroso y perdido, lo tomó en sus brazos para consolarlo, el llanto se convirtió en gritos, la gente empezó a mirarla de nuevo, como segundos atrás lo había hecho al escuchar los señalamientos del “evangelizador bajito”, ¿se lo estará robando? susurró una señora con delantal de encaje, y las miradas se estancaron en ella, en Matilde, la que quería pasar inadvertida. Sintió que avanzaban, el niño chillaba y el sonido de la música del vendedor pirata se confundió con la marimba que ya no se escuchaba tan fuerte, redoblantes que tronaban al pasar sobre la sexta, la predica del hombre bajito en el alta voz, mientras en la Concha Acústica un payaso decía que espejo en chino se dice ahí toy yo, todo se mezclaba, el bum, bum, EL DIARIO, EL DIARIO, a 3 por 5 los rellenitos, pecora, pecadora, suelte al niño, mala mujer, teclas de mi tierra, el olor, calor…
Soltó al niño, corrió a la Concha Acústica y empujó el portón justo cuando el payaso decía que rosado encendido en inglés se dice pink piririnpin pink pink...
La Hora, 15 de octubre de 2009.
Así que, segura de sí misma, sin nada que perder, y con los ojos abiertos ante la variedad (y la nariz apretada ante el excesivo olor a orín), Matilde se desplazó por el Parque Central mientras a lo lejos la marimba sonaba y los globos de los vendedores se elevaban coloridos sobre las cabezas de niños y niñas.
¡Qué alegre! exclamó o quizá sólo lo pensó, en ese momento no tenía con quien hablar, y continuó su trayecto rumbo a la Concha Acústica , entre ventas de elotes locos con colores mexicanos, atol, tostadas y discos piratas a Q5.00.
Qué pensó en ese momento, no sé, tal vez se le antojó un algodón en palito o una doblada bañada en salsa roja y queso duro, el ambiente era festivo, gente iba, gente venía y Matilde empezaba a sentirse contenta por haber aceptado llegar y pasar el día en un espacio abierto en donde gracias al arte se olvidaban los dichos, los hechos y los maltrechos comentarios cargados de clasismo, racismo y otros ismos.
Ensimismada, atolondrada talvez por tanta bulla esquivó a un tipo, un hombre más bien bajito que extendía la mano con un volante. No gracias, dijo y miró al señor que dibujaba rostros a Q35.00, cuando sintió una mano en el hombro, de nuevo el volante aparecía frente a su nariz y tras de él, el mismo hombre, bajito musitaba tenga. Lo ignoró e intentó esquivarlo para continuar su camino, cuando escuchó: pécora, titubeó pensando el significado de esa palabra y al darse cuenta del mismo volteó de nuevo a ver al tipo bajito que, señalándola con el alta voz en la mano gritaba, pécora, pecadora, ella es una mala mujer…
No supo qué decir, decidió continuar hasta toparse con un niño pequeño lloroso y perdido, lo tomó en sus brazos para consolarlo, el llanto se convirtió en gritos, la gente empezó a mirarla de nuevo, como segundos atrás lo había hecho al escuchar los señalamientos del “evangelizador bajito”, ¿se lo estará robando? susurró una señora con delantal de encaje, y las miradas se estancaron en ella, en Matilde, la que quería pasar inadvertida. Sintió que avanzaban, el niño chillaba y el sonido de la música del vendedor pirata se confundió con la marimba que ya no se escuchaba tan fuerte, redoblantes que tronaban al pasar sobre la sexta, la predica del hombre bajito en el alta voz, mientras en la Concha Acústica un payaso decía que espejo en chino se dice ahí toy yo, todo se mezclaba, el bum, bum, EL DIARIO, EL DIARIO, a 3 por 5 los rellenitos, pecora, pecadora, suelte al niño, mala mujer, teclas de mi tierra, el olor, calor…
Soltó al niño, corrió a la Concha Acústica y empujó el portón justo cuando el payaso decía que rosado encendido en inglés se dice pink piririnpin pink pink...
La Hora, 15 de octubre de 2009.
1 de octubre
Solía esperar el sonido de la olla de presión o el olor de frijoles recién cocidos para entrar corriendo a la casa, prender la tele y ver El Chavo. Las tareas ya estaban concluidas, había optimizado mis habilidades motrices jugando liga y lo único pendiente era ese encuentro secreto con un cuaderno rosado que unía tapa y contratapa con un diminuto candado.
La cena llevaba conversaciones de rutina, con algunas historias recicladas del almuerzo: lo tardé que llegó el bus ese día, lo difícil que resultaban los quebrados o la típica escena de reclamo por la espantosa refacción que había encontrado en la lonchera esa mañana, no más bananos por favor que se ponen negros…..
Las mañanas transcurrían entre sujetos, predicados, ríos, volcanes y versículos de la biblia, hasta que la campana que luego se transformó en timbre me transportaba al maravilloso espacio del matado, un juego sin pistolas ni evocaciones de notas periodísticas.
Encontrarme con mi hermano mayor en el bus era el momento en el que mi deseo de ser mayor se acrecentaba, por qué el podía ir atrás, por qué me ignoraba, conforme sus amigos descendían del viejo vehículo amarillo, su actitud cambiaba, hasta que ya casi llegando a nuestro destino se dignaba a mirarme e incluso me permitía acompañarlo en ese último sillón privilegio de los grandes.
Los fines de semana eran días de primos, de jugar al Pelón, de tomar coca cola, de dormirse tarde o acampar en la cama de mis papás comiendo manzanas con limón o naranjas con pepita mientras mirábamos tele.
En los cumpleaños siempre había pasteles, velitas y regalos, para navidad Santa Claus no nos engañaba, pero mi papá nos complacía con lo requerido y merecido además, como el decía.
Pitufina salía de mi cuarto todas las noches por si era diabólica, mi hermano menor era la mejor solución a mis miedos nocturnos, mi cabeza nada más dolía cuando mi mamá me peinaba y mi abuelo me trasportaba cada tanto al circo o al zoológico.
El sueño era profundo y apacible, las madrugadas pese a la pereza me invitaban a ver a mis amigas y compartir secretos, la noche de brujas era un día en el que la imaginación hacía de la casa un taller de costura y maquillaje.
Reía, creía y esperaba. Aquel día del niño curiosamente como hoy, la perinola me dijo: toma todo, y por eso me río, creo y espero, mientras mis manos se pierden entre fotografías en el carrusel, los caballitos de las Américas y Nicaragua.
La Hora, 1 de octubre de 2009.
La cena llevaba conversaciones de rutina, con algunas historias recicladas del almuerzo: lo tardé que llegó el bus ese día, lo difícil que resultaban los quebrados o la típica escena de reclamo por la espantosa refacción que había encontrado en la lonchera esa mañana, no más bananos por favor que se ponen negros…..
Las mañanas transcurrían entre sujetos, predicados, ríos, volcanes y versículos de la biblia, hasta que la campana que luego se transformó en timbre me transportaba al maravilloso espacio del matado, un juego sin pistolas ni evocaciones de notas periodísticas.
Encontrarme con mi hermano mayor en el bus era el momento en el que mi deseo de ser mayor se acrecentaba, por qué el podía ir atrás, por qué me ignoraba, conforme sus amigos descendían del viejo vehículo amarillo, su actitud cambiaba, hasta que ya casi llegando a nuestro destino se dignaba a mirarme e incluso me permitía acompañarlo en ese último sillón privilegio de los grandes.
Los fines de semana eran días de primos, de jugar al Pelón, de tomar coca cola, de dormirse tarde o acampar en la cama de mis papás comiendo manzanas con limón o naranjas con pepita mientras mirábamos tele.
En los cumpleaños siempre había pasteles, velitas y regalos, para navidad Santa Claus no nos engañaba, pero mi papá nos complacía con lo requerido y merecido además, como el decía.
Pitufina salía de mi cuarto todas las noches por si era diabólica, mi hermano menor era la mejor solución a mis miedos nocturnos, mi cabeza nada más dolía cuando mi mamá me peinaba y mi abuelo me trasportaba cada tanto al circo o al zoológico.
El sueño era profundo y apacible, las madrugadas pese a la pereza me invitaban a ver a mis amigas y compartir secretos, la noche de brujas era un día en el que la imaginación hacía de la casa un taller de costura y maquillaje.
Reía, creía y esperaba. Aquel día del niño curiosamente como hoy, la perinola me dijo: toma todo, y por eso me río, creo y espero, mientras mis manos se pierden entre fotografías en el carrusel, los caballitos de las Américas y Nicaragua.
La Hora, 1 de octubre de 2009.
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